El aire de la medianoche no solo era frío; pesaba. Se sentía espeso, cargado de una electricidad estática que hacía que cada vello de mis brazos se erizara. Me encontraba de pie en el centro del Claro Ancestral, un círculo sagrado de tierra y piedras antiguas ubicado en el corazón del bosque protegido, lejos de los muros del castillo. El suelo estaba cubierto por una fina capa de escarcha que crujía bajo mis botas, pero por dentro, mi cuerpo ardía.
Tenía trece años, y mi sangre ya no me pertene