La caricia. Ese movimiento casi imperceptible, pero cargado de una intención demoledora, cambió el eje de todo lo que habíamos construido en esta suite. El sutil roce de sus dedos abriéndose paso en mi cabello y la ternura milimétricamente fingida en su voz me golpearon con la tremenda fuerza de un rayo en mitad de la noche. La presión inconsciente de mis propios dedos aumentó tanto que la pluma de escribir que sostenía en mi mano derecha se hizo añicos, esparciendo astillas de madera y gotas d