El bosque de la frontera este ya no me parecía el laberinto infinito de mi infancia; ahora era un mapa de relieves que dominaba a la perfección. A mis veinte años, la estructura física de mi lobo había alcanzado la inmensidad de la de mi padre. Mis hombros eran anchos, mi estampa infundía el respeto inmediato de la vanguardia y el oro de mis ojos se había asentado con la fijeza implacable de un Alfa que ya colideraba los ejércitos de Luna Ancestral.
Aquella tarde de invierno, una tormenta liger