El Gran Salón de la fortaleza resonaba con el murmullo denso, constante y amortiguado de las familias de la manada. No se trataba en absoluto de un banquete formal, rígido y estructurado bajo los estrictos protocolos de la corte exterior, sino de un desayuno de unidad diseñado específicamente para propiciar la intimidad comunitaria, configurado con mesas redondas que obligaban irremediablemente a la cercanía física de los comensales. Era, sin lugar a dudas, un escenario terrible, complejo y min