El sol comenzaba a descender en el horizonte, tiñendo el cielo con pinceladas de oro y carmesí, mientras Eryon brincaba entre las piedras rúnicas del faro, su risa clara y ligera como el viento en las hojas. El olor a sal y a tierra mojada flotaba en el aire, mezclado con el aroma dulce del pan recién horneado que alguien dejaba enfriar en las calles cercanas. Los trinos de los pájaros se confundían con el rumor suave de las olas.
De repente, un relincho urgente rompió la calma