El cuerno retumbó una tercera vez, largo y grave, y el eco se extendió por los muros de Luminaria como una ola de tensión invisible. La ciudad entera se detuvo, como si hasta el aire mismo contuviera la respiración.
En la plaza central, Amara estrechaba la mano de Lykos con fuerza. Sus dedos entrelazados eran un ancla en medio de la expectación creciente. Eryon, de pie junto a ellos, observaba con una mezcla de curiosidad y un nerviosismo mal disimulado.
—¿Quiénes son? —preguntó el niño, con la