El eco del estallido aún vibraba en las paredes del pabellón. La luz dorada emanada de Eryon parecía haber grabado un nuevo orden en la sala: un instante que partía la historia en dos, un antes y un después.
Los cuerpos de los Hijos del Colmillo Roto aún se retorcían bajo el peso de las sombras de Amara y las garras ensangrentadas de Lykos, pero nadie en aquel lugar apartaba los ojos del niño. Dentro de la cúpula oscura, el resplandor seguía latiendo, casi como si Eryon respirara al compás de la