El eco del nombre prohibido aún flotaba en las bóvedas de piedra del Consejo, como si la sala misma se resistiera a soltarlo. Nadie se atrevía a pronunciarlo de nuevo, y sin embargo, en cada mirada, en cada murmullo, se sentía la vibración del miedo.
Amara permanecía erguida, con las manos enlazadas detrás de la espalda. Parecía tranquila, pero bajo esa máscara se agitaban corrientes peligrosas: la certeza de que habían abierto una grieta en un muro que llevaba siglos conteniend