El amanecer llegó envuelto en un aire denso, como si el propio cielo cargara con el peso de un presagio. El faro se alzó contra el horizonte teñido de rojo, su fulgor palpitante proyectando sombras largas sobre las piedras humedecidas por la tormenta nocturna.
Amara apenas había dormido. Su cuerpo descansaba en los brazos de Lykos, pero su mente se había mantenido despierta, presa de un murmullo insistente que se filtraba en sus sueños y se arrastraba hasta su consciencia: Varak