La noche había caído sobre Luminaria con un manto espeso de nubes, y aunque la luna roja se esforzaba por abrirse paso entre ellas, lo que lograba filtrar era apenas un resplandor débil, quebrado en jirones de luz. El aire olía a hierro y a humedad, como si la tormenta aguardara en la garganta del cielo antes de rugir.
Amara caminaba junto a Lykos por el patio en ruinas del antiguo monasterio donde habían establecido una nueva base temporal. Sus pasos resonaban sobre las piedras