La noche sobre Luminaria no era silenciosa.
El viento, cargado de sal y ceniza, barría los balcones del bastión, agitando las antorchas y haciendo crujir las maderas viejas como si la ciudad misma respirara con ansiedad. Bajo ese cielo encapotado, Lykos observaba desde la terraza más alta, los ojos rojos encendidos como carbones, vigilando el horizonte donde las sombras se mezclaban con la niebla.
El consejo había terminado hacía apenas unas horas, pero sus palabras aún reso