El calor de los dedos de Ezra entrelazados firmemente con los míos seguía enviando descargas eléctricas directas hacia mi cuerpo.
La madera de la chimenea soltó un último chisporroteo seco que iluminó sus facciones afiladas con un resplandor dorado, obligando a las sombras del gran salón a danzar a nuestro alrededor. Me quedé completamente inmóvil en el suelo, con la respiración contenida y el corazón dándome un vuelco salvaje ante la intensidad de su promesa de protección absoluta para el miér