NARRADO: EZRA VARDAN
El clic metálico de la cerradura electrónica de mi caja fuerte encriptada cortó el espeso silencio sepulcral de la oficina como un disparo directo.
Deslicé la pesada compuerta de acero blindado con una calma destructiva, que delataba el desorden absoluto de mis emociones internas en medio de la penumbra densa del cuarto cerrado. Mis dedos largos, temblorosos por la adrenalina incesante que me martilleaba las costillas a mil por hora, se adentraron en el rincón más oculto de