El pulso me seguía martilleando el pecho con una fuerza desbocada en medio del silencio absoluto del salón.
Apoyé mis dedos largos contra el borde frío de la barra de mármol negro, dejando que los últimos vestigios del sabor afrutado del vino me templaran la garganta. La pequeña, calculadora y sumamente astuta sonrisa irónica de Ezra seguía fija en mi dirección, como si estuviera disfrutando del sutil desmoronamiento de mis defensas habituales a puerta cerrada.
Intenté respirar de forma pausada y profunda para recuperar el control total de mi postura, pero la abrumadora presencia física del magnate hotelero volvía el aire del departamento denso y caliente.
—Creo que ya fue suficiente celebración por una sola noche de guerra mediática, Bianca —pronunció Ezra con su voz profunda, ronca y pausada, cruzándose de brazos sobre su amplio pecho.
—Te equivocas, Vardan —le respondí en un susurro cargado de orgullo, obligando a mi voz a mantener una entonación fría y cortante—. Nunca es suficiente cuando se trata de saborear la ruina profesional de las personas que te dejaron en la quiebra absoluta el lunes por la mañana.
Decidida a terminar con este tenso asalto verbal y a retirarme a la zona segura de mi suite norte, me separé del mueble de la cocina de concepto abierto.
Di un paso firme hacia el frente, dispuesta a cruzar el pasillo principal del salón con la cabeza en alto. Sin embargo, el cansancio acumulado de una extenuante jornada de doce horas de retoques, la presión psicológica de enfrentar a la estricta familia Vardan y el peso físico del vestido de seda verde esmeralda me pasaron factura en el peor milisegundo posible.
Mis pies, que ya acusaban el dolor sordo de haber sostenido los tacones altos durante toda la inauguración televisada, fallaron en el agarre sobre el reluciente suelo de mármol blanco pulido.
La abertura lateral de mi vestido se enredó sutilmente con mi propio calzado, haciéndome perder el equilibrio por completo.
Un jadeo involuntario de puro pánico escapó de mis labios pintados de rojo carmín mientras sentía que el suelo de cristal de mi jaula de oro se movía bajo mis pies, arrastrándome hacia una caída inminente contra las estructuras del gran comedor.
Cerré los ojos por mero instinto de supervivencia, preparándome para el impacto destructivo del mármol contra mi cuerpo desarmado.
Sin embargo, el golpe nunca llegó. El cuerpo felino, atlético e imponente de Ezra se movió con una rapidez impresionante que desafió cualquier ley de la física. Antes de que mi silueta tocara la superficie pulida, su mano grande y cálida se disparó en medio de la penumbra de la sala, rompiendo de forma definitiva el metro de distancia que dictaba la regla número tres de nuestro propio papel arrugado.
Ezra me atrapó con firmeza por los hombros, aplicando una fuerza sutil pero impositiva que detuvo mi caída en un parpadeo absoluto. Me jaló con suavidad hacia su torso, obligándome a incorporarme en un movimiento fluido que pegó mi anatomía directamente contra la fina tela de su camisa blanca impecable.
Sus dedos largos se asentaron en la parte superior de mis brazos, transmitiéndome un calor abrasador que me quemó la piel de inmediato a través de los tirantes sutiles del vestido.
Una descarga eléctrica salvaje recorrió toda mi columna vertebral, dejándome con los músculos completamente paralizados por la sorpresa. Quedamos a escasos centímetros en la penumbra de la sala.
La luz de las lámparas tenues del techo apenas iluminaba las facciones afiladas de su rostro esculpido, envolviéndonos en una atmósfera de una intimidad prohibida que me cortó la respiración de golpe.
Podía sentir el latido desbocado, potente y firme de su corazón martilleando contra mis propias costillas, delatando que su aparente calma de estratega corporativo también se había agrietado por completo ante el choque imprevisto de nuestros cuerpos.
Nuestras respiraciones estaban aceleradas y contenidas, mezclándose en el aire cerrado del
penthouse con un ritmo que imitaba la tormenta incontrolable de nuestros pensamientos ocultos. Tenía las manos apoyadas firmemente contra el frente de su camisa, arrugando la tela entre mis puños para no perder la estabilidad, mientras sentía cómo el aroma embriagador de su loción de madera y ámbar me nublaba el juicio por completo.
No había cámaras de televisión registrando este segundo, ni reporteros de las revistas de sociedad buscando exclusivas mediáticas, pero ninguno de los dos hizo el menor intento por dar el paso atrás necesario para recuperar el protocolo comercial.
La fijeza implacable de sus intensos ojos grises de invierno descendió lentamente hacia la palidez de mi cuello expuesto debido al moño pulido, para luego detenerse de forma inevitable en el carmín de mi boca.
Sentí una oleada de calor abrasador subiéndome por el pecho, volviendo mis latidos cada vez más densos y difíciles de controlar.
La tensión sexual acumulada desde la escena del jardín de los rosales alcanzó un punto de ebullición absoluto en esa penumbra, transformando nuestra farsa pública en una obsesión peligrosa de la que ya no tenía la menor idea de cómo escapar.
Estábamos tan cerca que la distancia entre nuestros labios se redujo a una milimétrica fracción de espacio, una línea delgada que amenazaba con consumirse bajo el peso de una atracción real que ambos habíamos intentado negar con todas nuestras fuerzas en la oficina del piso catorce.
Ezra aplicó una ligera presión en mis hombros, atrayéndome un milímetro más hacia su imponente cuerpo. Vi cómo la vena de su cuello se marcaba con fuerza por la presión del autocontrol, y el brillo oscuro de sus pupilas me dejó en claro que el frío CEO de Corporación Vardan estaba librando una batalla interna destructiva contra sus propios impulsos personales. Su pulgar rozó sutilmente la piel descubierta de mi clavícula, provocándome un escalofrío tan intenso que un murmullo ahogado se quedó atrapado en mi garganta.
El universo financiero, las deudas del estudio de diseño independiente y el bloqueo de créditos contra la distribuidora de Cristhian Olmos se borraron por completo de mi mente en ese rincón de la sala.
Solo existía la urgencia de su tacto quemándome la piel y la inminencia de un beso real que cambiaría para siempre los términos legales de nuestro pacto de guerra. Estaba acorralada en sus dominios, desarmada por el vino y el cansancio físico, esperando a ver si el gigante que me sostenía sería el primero en quebrar la regla de oro o si yo terminaría perdiendo mi pequeño mundo independiente por ceder ante su magnética y abrumadora cercanía física.
El silencio que nos rodeaba era tan espeso que se podía escuchar el sutil zumbido de los sistemas digitales de la torre de cristal negro.
Nuestras miradas se sostuvieron un segundo de más, un segundo largo, eterno y cargado de una sospecha mutua que delataba que la máscara de hielo corporativa ya no era suficiente para protegernos de la tormenta que acabábamos de desatar en medio de la noche.