El pulso me seguía martilleando el pecho con una fuerza desbocada en medio del silencio absoluto del salón.
Apoyé mis dedos largos contra el borde frío de la barra de mármol negro, dejando que los últimos vestigios del sabor afrutado del vino me templaran la garganta. La pequeña, calculadora y sumamente astuta sonrisa irónica de Ezra seguía fija en mi dirección, como si estuviera disfrutando del sutil desmoronamiento de mis defensas habituales a puerta cerrada.
Intenté respirar de forma pausada