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CAPÍTULO 35: EL ACCIDENTE DEL PENTHOUSE

El sonido ensordecedor de un torrente de agua golpeando la ceramica del baño, me despertó de golpe a las seis de la mañana del lunes.

Di un brinco en medio de las sábanas de seda de mi cama king size, con el corazón martilleándome las costillas de pura alarma y la adrenalina disparada a mil por hora. Todavía arrastraba el cansancio de la gala y el eco de nuestra discusión de la noche anterior, pero el instinto de supervivencia barrió cualquier rastro de sueño en mi cuerpo.

Al bajar los pies de la cama, un escalofrío helado me recorrió todo el cuerpo de forma inmediata.

El suelo de madera fina de mi suite norte estaba completamente cubierto por una capa de agua que ya alcanzaba los tobillos. El desastre era absoluto. Una enorme fuga de agua proveniente de las tuberías de alta presión del baño principal había colapsado las estructuras del piso, inundando mi habitación independiente en un parpadeo.

—No, no, no... ¡mis bocetos! —grité en un susurro ahogado, sintiendo que un nudo de pánico real me cerraba la garganta.

Ignorando el frío del agua, corrí desesperada hacia el vestidor de lujo. Mis cuadernos de dibujo, los hilos y las telas finas que mi equipo de asistentes había rescatado de mi antiguo taller estaban en peligro inminente de quedar destruidos por completo antes del desfile privado. Logré levantar las cajas de cartón con las manos temblorosas, colocándolas sobre los estantes superiores mientras el agua seguía filtrándose por debajo de la puerta con una fuerza implacable.

La pesada puerta de madera de la entrada se abrió de golpe con un clic seco que resonó con fuerza en medio del desastre.

Giré la cabeza con rapidez, con la defensiva activada. Ezra ya estaba de pie en el umbral, vistiendo sus pantalones deportivos oscuros y una camiseta gris de algodón que se ajustaba a sus hombros anchos y atléticos. Tenía el cabello ligeramente despeinado, pero sus intensos ojos grises de invierno ya mantenían esa fijeza implacable, calculadora y madura con la que manejaba las crisis de Corporación Vardan.

Evaluó la magnitud de la inundación en una fracción de segundo, deteniendo su mirada de invierno en mis piernas descalzas y en mi camisón de satén blanco que se pegaba sutilmente a mi silueta debido a la humedad.

—Las tuberías de la Torre Vardan sufrieron una fluctuación de presión digital en este sector de la torre, Bianca —pronunció Ezra con su voz profunda, ronca y pausada, rompiendo el protocolo para avanzar tres pasos firmes en medio del agua—. El equipo de mantenimiento del holding ya viene en camino al piso más alto, pero las reparaciones estructurales y el secado del suelo tomarán al menos tres días completos.

—Puedo quedarme en cualquiera de las otras tres suites principales independientes que tiene este departamento, Vardan —le respondí de inmediato, obligando a mi voz a sonar fría, cortante y segura para ocultar los nervios que me provocaba su abrumadora presencia física—. Dijiste que este lugar era gigantesco. Elijo la suite del este.

Ezra soltó una risa corta, un sonido grave y ronco que vibró en el aire cerrado del pasillo, y cruzó los brazos sobre su amplio pecho.

—La suite del este está inhabilitada por las mismas revisiones de las válvulas del rascacielos —sentenció él con una autoridad implacable que no admitía réplicas de ningún tipo—. Y no voy a permitir que te mudes a un espacio donde los técnicos de mantenimiento entren y salgan constantemente. Marisol y el departamento de prensa local vigilan cada movimiento de este piso. Si los reporteros se enteran de que mi prometida oficial duerme en el ala opuesta, la farsa pública de nuestro compromiso se desmoronará ante los inversores de Europa.

Fruncí el ceño, dando un paso al frente sobre el suelo inundado, plantándome a un metro de distancia de su imponente estatura.

—¿Entonces qué propones, Ezra? ¿Que duerma en el salón principal de concepto abierto sobre tus muebles de diseñador? —le siseé con orgullo, sosteniéndole la mirada con toda la firmeza que pude reunir en mis pensamientos ocultos.

Una pequeña, calculadora y sumamente astuta sonrisa irónica apareció en la comisura de sus labios perfectos.

—Ya tomé una decisión ejecutiva, pequeña diseñadora —replicó Ezra, y sus ojos se oscurecieron con una fijeza analítica que me nubló el juicio por un breve instante—. Mientras mi equipo de seguridad se encarga de tus pertenencias y secar este cuarto, tú te mudarás al sector sur. Ezra, sin consultarle a nadie, ordena que trasladen mis cosas a la recámara principal del penthouse.

Me quedé completamente muda en mi sitio, con el pulso desbocado y la adrenalina disparada a mil por hora en mis oídos. El nudo de indignación y desconcierto me cerró la garganta por completo al entender la magnitud de su impositiva jugada.

—¿A la recámara principal? ¿A tu habitación? —balbuceó mi orgullo, sintiendo que la coraza defensiva de mi regla número tres se hacía pedazos de golpe—. Estás completamente loco, Vardan. Firmamos un contrato legal de seis meses bajo tus estrictas reglas de convivencia, y compartir la cama no forma parte de la transacción financiera a puerta cerrada. ¡Me niego rotundamente!

—No te estoy pidiendo permiso, Bianca —sentenció él con una frialdad que congeló el ambiente tres grados bajo cero—. Es un movimiento táctico indispensable para mantener la estabilidad de nuestras acciones. Ante el universo financiero del país y ante las miradas indiscretas de mi estricta familia, somos la pareja más apasionada y posesiva del sector. A partir de este segundo, tus pertenencias esenciales ya están siendo acomodadas en mi vestidor privado. Camina.

Dos de sus guardias de seguridad uniformados ingresaron al cuarto en ese mismo instante, acatando las órdenes de su jefe con una precisión robótica, comenzando a levantar mis maletas de cuero y mis cajas de bocetos creativos para trasladarlas por el pasillo iluminado.

La humillación y la rabia por su falta de consulta me encendieron la sangre. Di un paso impositivo hacia él, quedando tan cerca que el aroma embriagador de su loción de madera y ámbar me inundó de golpe los sentidos, volviendo mi respiración contenida y sumamente difícil de controlar en medio del desastre.

—Eres un monstruo arrogante, Ezra Vardan —le siseé entre dientes, apretando los puños contra el frente de mi camisón mojado—. Rompiste la línea de nuestro pacto. Me estás obligando a entrar a tus dominios privados por puro capricho.

Ezra no pestañeó. Redujo la mínima distancia física que nos separaba a escasos milímetros, de modo que su aliento tibio rozó la palidez de mis mejillas, provocándome un escalofrío salvaje que me recorrió toda la columna vertebral con una intensidad prohibida.

—Sé perfectamente cuáles son las reglas de tu papel arrugado, Bianca —susurró él en un murmullo ronco, letal y sumamente concentrado que me caló hasta los huesos, fijando sus pupilas oscuras directamente en mis labios rojos—. A puerta cerrada, la cama de mi suite tiene el espacio suficiente para que dos extraños sigan manteniendo la distancia de su aburrida existencia. Pero frente al mundo exterior, duermes bajo mi protección absoluta. Mantén tu papel frente a los asistentes y camina hacia el sector sur antes de que decida levantarte yo mismo en mis brazos sobre este suelo inundado.

La fuerza de su abrumadora presencia física y la amenaza implícita en sus ojos de invierno me obligaron a tragarme el orgullo por puro instinto de conservación. Di media vuelta con un movimiento brusco, tomando mi bolso de mano de la mesa de noche antes de que el agua la alcanzara.

Caminé a pasos rápidos y firmes por el pasillo principal, huyendo de su perturbadora cercanía física sin mirar atrás ni una sola vez.

Crucé las puertas dobles de madera oscura del sector sur y entré por primera vez a la recámara principal de Ezra Vardan. El espacio era un templo de ultra-lujo minimalista en tonos grises y caoba, con un ventanal panorámico gigantesco que mostraba los rascacielos financieros bajo la luz cruda de la mañana. En el centro de la habitación, la enorme cama matrimonial vestida con colchas oscuras se sentía como el nuevo y más peligroso campo de batalla de nuestra farsa pública.

Me apoyé contra el borde del mueble, con la piel de gallina y el corazón martilleándome las costillas de pura rabia y anticipación destructiva. El accidente del penthouse nos había arrastrado hacia una convivencia forzada absoluta a puerta cerrada, y al mirar la silueta imponente de Ezra que entraba al cuarto para cerrar el cerrojo detrás de sí, supe que la tormenta real apenas estaba por comenzar, y que las cinco reglas de mi contrato serían lo único que me protegería de la obsesión posesiva que amenazaba con devorar por completo las barreras de mi destino.

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