La penumbra de la sala principal parecía cerrarse sobre nosotros como una trampa de oro.
La fijeza implacable de los intensos ojos grises de Ezra seguía fija en mi boca pintada de rojo carmín, reduciendo la distancia que nos separaba a una milimétrica fracción de espacio. Podía sentir el calor abrasador que emanaba de su pecho musculoso a través de la fina seda verde esmeralda de mi vestido de diseño propio.
Estábamos tan cerca que la inminencia de un beso real se convirtió en una fuerza gravitatoria casi imposible de resistir.
Mis dedos largos seguían aferrados a la tela fina de su camisa blanca impecable, arrugándola entre mis puños para no perder la estabilidad sobre el reluciente suelo de mármol blanco pulido. El aroma embriagador de su loción de madera y ámbar me nubló el juicio por completo, arrastrándome hacia un abismo del que ya no tenía la menor idea de cómo escapar.
Iba a suceder. Iba a romper mis propias defensas en sus peligrosos dominios.
Justo en el último segundo largo, cuando el aliento de sus labios perfectos rozó los míos, una bofetada de realidad me golpeó el pecho con la fuerza de un huracán. La imagen de la carpeta de cuero negro sobre la mesa de caoba regresó a mi mente en un parpadeo absoluto.
Recordé la
Regla de Oro de mi propio papel arrugado de cuaderno.
Está absolutamente prohibido enamorarse o desarrollar cualquier tipo de sentimiento real. El primero de los dos que confiese un enamoramiento o rompa la barrera profesional de este contrato, lo pierde todo. Se va de este penthouse con las manos vacías y destruido por su propia debilidad.
Si dejaba que sus labios tocaran los míos en esta penumbra, sin cámaras de televisión registrando el momento y sin reporteros de las revistas de sociedad buscando exclusivas, la farsa corporativa se convertiría en una obsesión real. Perdería el control de mi propio plan de venganza. Quedaría a la merced de un estratega empresarial que manejaba sus decisiones de mercado con una frialdad glacial.
El orgullo dentro de mi pecho dio un vuelco salvaje de pura supervivencia, barriendo de golpe la calidez que el vino me había dejado en el cuerpo.
Me zafe con orgullo y con un movimiento firme y brusco de su agarre impositivo. Separé mis manos de su pecho, dando dos pasos rápidos hacia atrás sobre el mármol pulido para recuperar la distancia de seguridad que dictaba la regla número tres del acuerdo comercial.
Ezra se quedó completamente inmóvil en su sitio. Sus manos largas se mantuvieron suspendidas en el aire cerrado por una fracción de segundo antes de descender lentamente a los costados de sus pantalones de vestir oscuros.
Vi cómo la vena de su cuello se marcaba con una fuerza brutal debido al esfuerzo de recuperar el autocontrol. Sus ojos grises, oscuros por el deseo reprimido, se entornaron sutilmente, clavándose en mí con una intensidad implacable que me hizo temblar las rodillas por dentro. La máscara de hielo inexpresiva de Corporación Vardan volvió a cubrir sus facciones afiladas en un parpadeo.
Me acomodé la caída fluida de mi vestido verde con dedos temblorosos, obligando a mi voz a sonar fría, cortante y pausada.
—Te agradezco el apoyo corporativo en el evento de esta noche, Vardan —le dije, forzando una sonrisa sofisticada y distante que pretendía borrar la insoportable tensión física que seguía flotando entre ambos—. El despliegue de las cámaras de televisión local y el contrato hotelero que gestionó Marisol fueron movimientos de mercado impecables. Pusiste a Cristhian Olmos y a Vanessa en la ruina definitiva ante toda la élite de la ciudad. Cumpliste con tu palabra al pie de la letra.
Ezra se reclinó con una elegancia despectiva contra la barra de mármol negro de la cocina de concepto abierto. Se cruzó de brazos sobre su amplio pecho, mirándome con una fijeza analítica que parecía leer cada uno de mis pensamientos ocultos.
—Solo ejecuto los términos del acuerdo con la eficiencia que mis empresas requieren, Bianca —respondió él con esa voz profunda y ronca que tanto me afectaba—. El Contraataque Social de esta noche era indispensable para asegurar la estabilidad de mis acciones en París. No necesitas agradecerme nada. Es un negocio frío.
—Me alegra que sigamos en la misma página financiera, Ezra —le respondí en un susurro cargado de una fijeza analítica, dando un paso más hacia el pasillo principal—. Porque por un segundo en la penumbra, pareció que estabas olvidando las cláusulas de nuestro acuerdo legal de seis meses. A puerta cerrada, somos dos extraños ejecutando una transacción comercial. Mantén tu distancia de entrenamiento fuera de mi suite.
Sin darle tiempo a articular palabra, lanzar otra de sus astutas respuestas de seguridad o arruinar mi racha de valentía, giré sobre mis talones.
Corrí a pasos rápidos y firmes por el pasillo iluminado por luces tenues, huyendo de su perturbadora y magnética presencia física. Mis pies descalzos no hicieron el menor ruido sobre el suelo de mármol, pero el eco de mis latidos desbocados me martilleaba las costillas de pura adrenalina.
Entré a la suite del norte y cerré la puerta con un golpe seco que resonó con fuerza en la inmensidad del lugar.
Extendí la mano hacia el pomo de latón brillante y, con un movimiento rápido y decidido, pasé el doble cerrojo de metal. El sonido del metal encajando en el marco de la puerta me devolvió una pequeña, necesaria e ilusoria sensación de seguridad dentro de su palacio de cristal negro.
Me apoyé de espaldas contra la dura madera de la puerta, soltando finalmente el aire que mis pulmones habían estado reteniendo. Mis manos seguían temblando y sentía que el pulso me iba a estallar en los oídos por la intensidad de la situación.
—Estuviste a milímetros de perderlo todo, Bianca —me susurré a mí misma en medio de la oscuridad del cuarto, apretando los puños con frustración—. No puedes volver a flaquear ante su tacto. No puedes dejar que el enemigo te desarme con su perfume de madera y ámbar.
Caminé hacia el lujoso vestidor de la habitación, desabrochando el cuello alto aristocrático de mi vestido verde esmeralda. Lo colgué en el perchero con un cuidado que intentaba calmar mis pensamientos ocultos, borrando el recuerdo de la inauguración televisada de la noche.
Me quité el maquillaje frente al espejo del baño, mirando la palidez de mi piel y el brillo alterado de mis ojos oscuros. Me puse un camisón sencillo de satén blanco que encontré entre mis pertenencias esenciales y me metí entre las sábanas de seda de la enorme cama
king size.
El tejido era sumamente suave y fresco, pero mi mente era una zona de guerra real de la que no podía escapar.
Daba vueltas en la colchonería de lujo, repitiéndome como una maldición que solo eran seis meses. Seis meses conviviendo bajo el mismo techo en una jaula de oro perfecta para salvar mi estudio de diseño independiente y destruir el orgullo de Cristhian Olmos. El primer asalto contra la alta sociedad había terminado con una victoria aplastante, pero al mirar el pesado anillo de compromiso de platino sobre la mesa de noche, supe que la verdadera tormenta apenas estaba comenzando en la penumbra de este lugar.
Tardé horas en conciliar el sueño, asustada por cada pequeño crujido de la estructura de la torre. Me quedé dormida con la imagen de los ojos grises de Ezra grabada a fuego en mi memoria, preguntándome si el monstruo del área sur seguiría despierto en su despacho privado, moviendo las piezas de un juego corporativo cuyas reglas reales yo todavía no terminaba de comprender.