La penumbra de la sala principal parecía cerrarse sobre nosotros como una trampa de oro.
La fijeza implacable de los intensos ojos grises de Ezra seguía fija en mi boca pintada de rojo carmín, reduciendo la distancia que nos separaba a una milimétrica fracción de espacio. Podía sentir el calor abrasador que emanaba de su pecho musculoso a través de la fina seda verde esmeralda de mi vestido de diseño propio.
Estábamos tan cerca que la inminencia de un beso real se convirtió en una fuerza gravit