El calor de la mano de Ezra seguía quemándome la piel, de mi espalda descubierta mucho después de que Julian Vance se esfumara entre la multitud.
Los fotógrafos de las revistas de sociedad intentaron amontonarse a nuestro alrededor para capturar más imágenes de nuestra supuesta fijeza apasionada, pero la mirada fria que Ezra les lanzó fue suficiente para obligarlos a retroceder. Sin decir una sola palabra, el titán de la corporación me guió con paso firme hacia la salida del palacio de exposici