El silencio del
penthouse nos recibió como un manto denso en cuanto las puertas doradas del ascensor privado se cerraron a nuestras espaldas.
Eran pasadas las once de la noche. El eco de los flashes de las cámaras de televisión y los aplausos de los inversores comerciales todavía parecía vibrar en mis oídos, pero la realidad de mi palacio de cristal volvió a imponer su fría calma de manera inmediata.
Me desclavé de los brazos de Ezra con un movimiento fluido, dando un paso firme hacia el centro de la sala.
La seda verde esmeralda de mi vestido rozó mis piernas, y el aire fresco que entraba por el ventanal panorámico golpeó mi espalda descubierta, aliviando la intensa oleada de calor que la adrenalina me había dejado en el cuerpo. Me quité los tacones altos con un suspiro de puro cansancio físico,
dejándolos a un lado sobre el reluciente suelo de mármol blanco pulido.
Habíamos destruido por completo el orgullo de Cristhian y Vanessa ante todo el país. La farsa pública había sido un éxito rotundo.
Decidida a procesar el triunfo de la reinauguración y a bajar las revoluciones de mis latidos desbocados, caminé con paso firme hacia la barra de la cocina de concepto abierto. Abrí la cava digital y saqué una botella de vino tinto. Serví una porción generosa en una copa de cristal, buscando un refugio inmediato contra la electricidad asfixiante que siempre flotaba entre las paredes de este lugar.
Tomé un sorbo largo, pausado y profundo, sintiendo cómo el sabor afrutado de la bebida me templaba la garganta y me relajaba los músculos de los hombros.
—Deberías moderar tu consumo, pequeña diseñadora —la voz profunda, ronca y pausada de Ezra rompió la calma del espacio.
Se había quitado el saco del traje azul noche, arrojándolo sobre uno de los sillones de diseñador. Se había aflojado la corbata oscura y desabotonado los primeros tres botones de su camisa blanca impecable, dejando expuesta la base de su pecho bronceado. Avanzó hacia la barra con pasos lentos y felinos, manteniendo esa fijeza implacable en sus intensos ojos grises de invierno.
Giré la cabeza sutilmente, apoyando mi espalda contra el borde del mármol negro de la barra, y lo miré fijamente mientras sostenía la copa entre mis dedos largos.
El vino había comenzado a surtir efecto en mi sistema. Una calidez agradable se extendió por mis mejillas, y una actitud relajada, suelta y sutilmente risueña se apoderó de mi postura, barriendo por completo la rigidez defensiva con la que solía plantarle cara.
—No me digas qué hacer en mi noche de victoria, Vardan —le respondí con una risa corta, dulce y cristalina que resonó en la inmensidad del salón—. Acabamos de firmar un contrato multimillonario con tu holding corporativo. Vimos a Vanessa Rovira huir arrastrando sus encajes ordinarios y a Cristhian Olmos palidecer frente a toda la junta de inversores.
Creo que tengo derecho a celebrar el Contraataque Social con una copa de más si se me da la gana.
Mi risa y mi soltura imprevista provocaron un cambio inmediato en el ambiente cerrado del departamento. Ezra se detuvo en seco a escasos centímetros de mí.
Su rostro de piedra, esa impenetrable máscara de hielo con la que manejaba sus decisiones de mercado y cerraba adquisiciones financieras en la bolsa, pareció agrietarse por completo ante mis ojos. Sus cejas se fruncieron sutilmente y vi cómo su manzana de Adán se movía cuando tragó saliva con dificultad.
Mi actitud risueña desarmaba por completo su fría coraza corporativa. El imperturbable titán hotelero parecía estar perdiendo el control de su habitual frialdad táctica al mirarme en este estado de vulnerabilidad.
—Estás ebria, Bianca —afirmó Ezra, y su voz bajó un milímetro de tono, volviéndose peligrosamente ronca, concentrada y cargada de una extraña intensidad que me erizó la piel de los brazos.
—No estoy ebria, Ezra. Estoy feliz —le corregí en un susurro pausado, dando un pequeño paso al frente, reduciendo la distancia física que nos separaba hasta que el aroma embriagador de su loción de madera y ámbar me inundó de golpe los sentidos—. Por primera vez en tres meses, desde que ese infeliz se llevó mis deudas y mis ahorros, siento que recuperé mi orgullo.
Y todo gracias al CEO equivocado. Levanté la copa de vino hacia su rostro en un gesto de brindis burlón, mirándolo a los ojos con una fijeza analítica que desafiaba su imponente estatura.
Ezra no retiró la mirada. Sus ojos grises se oscurecieron por un milisegundo largo, descendiendo de forma inevitable hacia el carmín de mis labios que brillaban sutilmente por el vino. La tensión sexual acumulada desde la escena del jardín de los rosales regresó al espacio con la fuerza de una tormenta de invierno, volviendo el aire denso, caliente y sumamente difícil de respirar.
Podía sentir el calor abrasador que emanaba de su cuerpo atlético invadiendo por completo mis defensas.
Él estiró su mano larga y de dedos estilizados, colocándola con una lentitud exasperante sobre la barra de mármol negro, justo al lado de mi mano libre. Sus dedos rozaron sutilmente los míos durante una fracción de segundo, y juraría que una descarga eléctrica salvaje me quemó la piel en el punto de contacto, acelerándome las pulsaciones de una forma alarmante.
La coraza de negocios se había desmoronado por completo a puerta cerrada. Ya no éramos dos socios ejecutando una farsa comercial ante los inversores o las cámaras de la televisión local, éramos dos extraños atrapados en la inmensidad de un
penthouse de lujo, midiendo las fuerzas de un orgullo que amenaba con consumir las barreras de nuestro propio acuerdo legal de seis meses.
—Este juego se está volviendo peligroso, pequeña diseñadora —susurró Ezra en un murmullo letal, inclinándose sutilmente hacia mi rostro, de modo que su aliento tibio rozó la piel de mis mejillas.
—Yo siempre juego para ganar, Vardan —le respondí con una última sonrisa letal, manteniendo la copa firme entre mis dedos a pesar de los nervios que volvían a martillearme las costillas de pura adrenalina.
Apoyé la copa sobre el mármol negro con un clic seco que resonó con fuerza en el silencio del cuarto.
Sostuve su mirada implacable, sintiendo que la calidez del vino y el peso de su abrumadora presencia física nos estaban arrastrando de cabeza hacia un terreno donde las cinco reglas de mi papel arrugado serían lo único que evitaría que cayera por completo en su red de oro.