El silencio del penthouse nos recibió como un manto denso en cuanto las puertas doradas del ascensor privado se cerraron a nuestras espaldas.
Eran pasadas las once de la noche. El eco de los flashes de las cámaras de televisión y los aplausos de los inversores comerciales todavía parecía vibrar en mis oídos, pero la realidad de mi palacio de cristal volvió a imponer su fría calma de manera inmediata.
Me desclavé de los brazos de Ezra con un movimiento fluido, dando un paso firme hacia el centro