Llevaba más de media hora parada en el centro del imponente espacio del sector sur, vistiendo mi camisón sencillo de satén blanco y con los brazos cruzados con una rigidez defensiva absoluta. El aroma embriagador a madera y ámbar que impregnaba cada rincón de este santuario de ultra-lujo minimalista se me metía por los sentidos, acelerándome las pulsaciones de una forma alarmante a puerta cerrada.
Frente a mí, la gigantesca cama matrimonial vestida con colchas oscuras se alzaba como el campo de