Mundo ficciónIniciar sesiónLlevaba más de media hora parada en el centro del imponente espacio del sector sur, vistiendo mi camisón sencillo de satén blanco y con los brazos cruzados con una rigidez defensiva absoluta. El aroma embriagador a madera y ámbar que impregnaba cada rincón de este santuario de ultra-lujo minimalista se me metía por los sentidos, acelerándome las pulsaciones de una forma alarmante a puerta cerrada.
Frente a mí, la gigantesca cama matrimonial vestida con colchas oscuras se alzaba como el campo de batalla más peligroso de nuestra farsa pública.
—No voy a dormir en esa cama contigo, Vardan —sentencié, obligando a mi voz a sonar fría, cortante y pausada para ocultar el temblor de mis manos—. Firmamos un contrato legal de seis meses basado en un papel arrugado de cuaderno, y la regla número dos prohíbe de forma absoluta que compartamos el mismo espacio de descanso. Dormiré en el sofá de la esquina.
Ezra se encontraba de pie junto al gigantesco ventanal panorámico, terminando de abotonarse una camisa de algodón negro holgada que dejaba al descubierto la base de su pecho musculoso y atlético.
Se giró lentamente sobre sus talones, clavando sus intensos ojos grises de invierno directamente en los míos con una fijeza implacable que me cortó la respiración por un segundo. Caminó con pasos lentos, firmes y felinos sobre el reluciente suelo de caoba oscura, deteniéndose a un metro de distancia de mi postura rígida, desprendiendo esa abrumadora presencia física que siempre me nublaba el juicio.
Una pequeña, calculadora y sumamente astuta sonrisa irónica apareció en la comisura de sus labios perfectos al escuchar mi arranque de orgullo independiente.
—Te sugiero que evalúes las estructuras de tu entorno antes de emitir un juicio tan definitivo, pequeña diseñadora —pronunció Ezra con su voz profunda, ronca y pausada, señalando con un sutil movimiento de cejas el mueble de cuero italiano que se encontraba empotrado junto a la pared lateral.
Giré la cabeza sutilmente y sentí que un nudo de frustración real me cerraba la garganta de golpe.
El sofá de diseñador era una pieza arquitectónica hermosa, pero de concepto vanguardista y minimalista, era demasiado pequeño, angosto y rígido para que una persona pudiera pasar la noche allí de manera cómoda. Intentar dormir en esa estructura con mi estatura equivalía a pasar doce horas de tortura física antes de las extenuantes jornadas de oficina que me esperaban por las mañana con Marisol y mi equipo de asistentes ejecutivos.
—Ese mueble fue diseñado para complementar la estética de la habitación, no para albergar tus noches de rebeldía, Bianca —replicó él, manteniendo su fijeza analítica sobre la palidez de mi piel—. Las reparaciones Estructurales de tu suite norte tomarán tres días completos. Tienes dos opciones en este tablero, pasar la noche en el suelo de caoba o aceptar la viabilidad técnica de este espacio común.
Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas, sintiendo que la adrenalina me hervía en las venas de pura indignación.
—Eres un ser insufrible, Ezra Vardan —le siseé con rabia, dando un paso impositivo hacia el frente, reduciendo la distancia física entre nuestros cuerpos a escasos centímetros—. Pero no pienses ni por un milisegundo que voy a ceder mis derechos territoriales en este palacio de cristal negro. Si tengo que usar esta cama por pura necesidad biológica, lo haremos bajo mis propios términos estrictos.
Caminé con paso firme hacia el gran banco de cuero que descansaba al pie de la cama.
Tomé de forma apresurada y decidida las colchas mullidas y una hilera de cuatro almohadas gigantescas de plumas finas. Con movimientos rápidos que delataban mis nervios desbocados, comencé a acomodar los cojines en el centro exacto de la colchonería de lujo, construyendo una barrera física vertical que dividía la gigantesca cama matrimonial en dos sectores perfectamente simétricos e independientes.
Terminé de ajustar la última almohada con un golpe seco que resonó con fuerza en el silencio sepulcral del cuarto de ultra-lujo.
—Aquí está el límite de la farsa pública, Vardan —le sentencié, levantando la barbilla con orgullo y mostrando el diamante de platino de nuestro falso compromiso—. Terminamos dividiendo la gigantesca cama con una fila de almohadas y una regla estricta de no cruzar la línea que acababa de trazar en el centro. El sector izquierdo es mi zona segura. El derecho es tu territorio. Si un solo milímetro de tu cuerpo o de tus colchas oscuras llega a tocar mi espacio a puerta cerrada, consideraré que rompiste el contrato de convivencia y me marcharé de esta torre de cristal antes del amanecer.
Ezra no pestañeó. Se limitó a observar mi despliegue de costura improvisada con una diversión fría que me encendió la sangre, manteniendo sus brazos cruzados sobre su amplio pecho musculoso.
—Tu aburrida creatividad para levantar barricadas sigue siendo impresionante, Bianca —susurró él, dando un paso al frente que redució la mínima distancia que nos separaba a escasos centímetros. Su aroma a madera y ámbar me inundó de golpe los sentidos, volviendo mi respiración contenida y sumamente difícil de controlar—. Acepto los términos de tu nueva auditoría de imagen matutina. No tengo el menor interés en invadir el sector de una mujer ruidosa que azota las puertas de mis autos y me grita en los pasillos de mi propio hotel. Mantén tu corazón bajo llave, porque yo sé perfectamente respetar un negocio frío.
Se dio la vuelta con una elegancia despectiva y se deslizó con soltura en el sector derecho de la cama, para descansar un poco antes de iniciar su jornada, acomodándose de espaldas contra las almohadas oscuras, fijando sus ojos grises de invierno en la pantalla digital para revisar los gráficos del mercado y las acciones en Europa.
Tragué saliva con dificultad, obligando a mis piernas a moverse hacia el sector izquierdo, tambien quería descansar un poco antes de iniciar mi día.
Me metí entre las sábanas de seda blanca con una lentitud exasperante, cuidando de que mi camisón de satén no rozara en ningún instante la hilera de cojines que nos separaba. Me acosté de lado, dándole la espalda a su imponente presencia física de tres piezas, mirando fijamente la inmensidad de los rascacielos iluminados que se extendían a través del gigantesco ventanal panorámico de la recámara principal.
El silencio que se instaló entre las paredes del sector sur era tan espeso que se podía escuchar el sutil ritmo de nuestras respiraciones aceleradas y contenidas en medio de la sala.
A pesar de la barrera física de plumas finas, la tensión sexual acumulada desde la escena del jardín de los rosales y el roce físico accidental de la cocina alcanzó un punto de ebullición absoluto en esa cama común. Podía sentir el calor abrasador que emanaba del cuerpo atlético de Ezra atravesando la línea invisible de la tela, recordándome en cada segundo eterno que el depredador más peligroso del país se encontraba durmiendo a escasos centímetros de mi silueta desarmada.
La farsa de mi compromiso nos había arrastrado hacia una convivencia forzada absoluta de la que ya no tenía la menor idea de cómo escapar.
Apreté la colcha contra mi pecho, con la piel de gallina y el pulso martilleándome las costillas de pura paranoia real y anticipación destructiva. Sabía perfectamente que en este tablero de ajedrez corporativo de seis meses, dormir bajo las mismas sábanas con el enemigo de ojos grises era una prueba de fuego definitiva, y que mi orgullo de clase media sería lo único que mantendría a salvo las barreras de mi destino, antes de que se anunciara un nuevo round en este infierno de ultra-lujo.







