El sol de la mañana comenzaba a colarse por los ventanales altos de la mansión Santillana, proyectando haces de luz que atravesaban el aire con una tibieza dorada. El piso reflejaba esos destellos como espejos mudos, y cada rincón relucía con una pulcritud casi antinatural. El silencio en aquella casa no era acogedor. Era denso, imponente, como si las paredes contuvieran secretos que no debían nombrarse en voz alta.
Ana Lucía bajó las escaleras con pasos contenidos. Llevaba una blusa blanca abo