El cielo comenzaba a aclararse cuando Maximiliano Santillana salió de la mansión. El motor de su automóvil rugió suave al encenderse, y los faros cortaron la penumbra como dos ojos encendidos. No había emitido una sola palabra desde que despertó. Se había vestido con precisión quirúrgica: traje oscuro, camisa celeste, corbata gris plomo perfectamente anudada. Ninguna arruga, ninguna mancha. Ni una emoción que traicionara lo que hervía bajo la superficie.
El chofer lo saludó al abrir la puerta t