Después de un día agotador con Emma, y un pequeño roce con Maximiliano que aún le rondaba en la mente como una espina sutil, Ana Lucía decidió enfocarse solo en lo que de verdad importaba en ese momento: la pequeña. Con voz suave y gestos delicados, la ayudó a meterse en la tina, llenándola de espumas fragantes que olían a lavanda y vainilla. Emma chapoteaba entre burbujas, soltando pequeñas risitas que a Ana le llenaban el alma. Fue un instante cálido, casi mágico, que envolvía la habitación e