El sol de La tarde tocaba con suavidad la mansión Santillana. pintando de oro las amplias paredes blancas mientras el canto de los pájaros se apagaba lentamente, dando paso a la quietud previa al anochecer. Desde el segundo piso, el silencio era apenas interrumpido por el leve crujir de la madera bajo los pasos de Ana Lucía, que salía de la habitación de Emma tras haberse asegurado que estaba bien.
La pequeña seguía durmiendo profundamente, con su cabello revuelto sobre la almohada y los brazo