El sol había comenzado su descenso, tiñendo la mansión con un brillo dorado y cálido que contradecía la tensión que se respiraba en el aire. Maximiliano acababa de entrar a la habitación de Emma, el suave crujir de la madera bajo sus pies apenas audible. Miró a su hija, que dormía plácidamente, con su pequeño rostro lleno de tranquilidad. Se acercó con cautela y se inclinó sobre ella, plantando un beso suave sobre su frente.
—Te amo, princesa —susurró, mientras sus dedos acariciaban su cabello,