La tarde caía lentamente sobre la ciudad, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados que se filtraban por las ventanas de la camioneta de Maximiliano. Emma, sentada en el asiento trasero, abrazaba con fuerza un pequeño peluche que Ana Lucía le había ganado en una máquina de premios del restaurante. Tenía la sonrisa aún dibujada en los labios por el helado de chocolate y las bromas que su papá y Ana Lucía habían compartido durante el almuerzo. Su risa había sido libre, sincera. Su corazón p