El reloj del coche marcaba las 12:01 de la tarde cuando Maximiliano detuvo el vehículo frente al colegio. Ana Lucía, sentada en el asiento del copiloto, miraba por la ventana con una mezcla de ansiedad y ternura. A pesar de haber pasado un día entero trabajando en las oficinas de Santillana, lo que más le aceleraba el corazón era ver a Emma salir por esas puertas, con su mochila a cuestas y esa energía única que solo los niños tienen.
Maximiliano, relajado, tenía una mano sobre el volante y la