La tarde en la mansión Montenegro se sentía inusualmente silenciosa. Los rayos del sol se colaban por las ventanas altas, pintando la sala de estar con destellos dorados. Las paredes de mármol relucían con un brillo cálido, pero el ambiente era todo menos acogedor. Catalina estaba sentada en uno de los sillones del salón principal, hojeando una revista de moda con aparente desinterés, aunque su mente iba a mil por hora.
La puerta principal se abrió con un crujido suave y una figura alta, bien v