El sol del mediodía se filtraba a través del parabrisas del auto de Francisco, pintando destellos dorados sobre el tablero mientras él se acomodaba en el asiento del conductor. El motor ya estaba encendido, pero sus manos no se movían sobre el volante. Permanecía inmóvil, con los ojos fijos en el portón de la mansión que acababa de cruzar. El rostro serio, la mandíbula apretada, y en su interior una batalla comenzaba a hacerse insoportable.
Suspiró profundo, dejando que el aire le ardiera en el