La luz del sol ya se había desvanecido sobre los ventanales de la mansión. Catalina paseaba de un lado a otro por el salón principal con los brazos cruzados, los tacones retumbando sobre el mármol con un ritmo seco y molesto, como latidos de impaciencia. Cada sombra que avanzaba sobre el suelo la inquietaba. Cada minuto que pasaba sin la llegada de Maximiliano le hervía la sangre.
Había pensado que al regresar, todo volvería a su eje: su hija, su hogar. Que solo bastaría su presencia elegante,