El reloj marcaba las 8:12 p. m. cuando el auto de Maximiliano se detuvo frente a la entrada principal de la mansión. La noche se había posado sobre la ciudad como un manto denso, y el jardín, vestido de sombras y susurros, estaba iluminado solo por las luces cálidas que bordeaban el sendero de piedra. Una brisa fresca se deslizaba entre los arbustos, moviendo apenas las hojas de los rosales recién podados. No se escuchaba más que el leve zumbido de los faroles encendidos y el canto aislado de u