Los días habían pasado con una calma engañosa, como una superficie de agua apenas rizada por la brisa, pero cargada de corrientes profundas debajo. Cuatro amaneceres habían venido y se habían ido desde aquella noche en que Catalina, con una copa vacía en la mano y el orgullo herido, aceptó a regañadientes la propuesta de Francisco de esperar una semana.
Y ahora, faltaban solo tres días.
Durante dos de esos días, Francisco se había presentado en la mansión sin previo aviso, a media tarde, siempr