La tarde había caído como una sábana tibia sobre la mansión. El cielo tenía un tono lavanda, y el sol, filtrado por los árboles altos del jardín, proyectaba sombras suaves sobre el mármol claro del recibidor. Había aroma a cera de piso recién aplicado, y los cristales brillaban como si esperaran visitas importantes.
Y no era para menos.
El sonido de la campanilla resonó por toda la casa. Emma, que estaba en el suelo del salón dibujando con rotuladores, ana Lucía levantó la mirada observando com