La cocina de la mansión olía a tostadas recién hechas, café suave y fruta cortada. El sol de la mañana se colaba con fuerza a través de los ventanales, tiñendo el mármol blanco con reflejos dorados y proyectando sombras largas de las macetas colgantes que bordeaban las ventanas.
El reloj marcaba las 8:37 a.m., y aunque la casa seguía en silencio en otras alas, la cocina era un rincón de vida cálida y bulliciosa.
Emma estaba sentada en su silla alta, con una corona de cartón brillante en la cabe