El cielo aún estaba pintado de tonos suaves cuando Ana Lucía abrió los ojos. No había dormido mucho. Su cuerpo todavía recordaba cada caricia de la noche anterior, pero su corazón se sentía envuelto en una maraña de culpa y preguntas sin respuesta. Se sentó en la cama con lentitud, como si cada movimiento le pesara, y se obligó a respirar hondo.
Tenía que seguir. Al menos por Emma.
—¿Te gustan estas trenzas o quieres dos coletas? —preguntó Ana con una sonrisa cansada, mientras separaba el cabel