El portón de la mansión se abrió con su característico chirrido metálico justo cuando el sol del mediodía comenzaba a colarse entre los árboles del jardín. La brisa movía las hojas con suavidad, dejando caer algunos pétalos de bugambilia sobre el empedrado del camino. El chofer giró lentamente por la entrada mientras Emma canturreaba una melodía infantil desde su asiento trasero, agitando a Mr. Panda por la ventanilla.
Ana apretó su bolso. El nudo en su estómago se apretó cuando vio otro auto —