El eco suave de los pasos de Ana Lucía resonaba en el pasillo mientras caminaba hacia la habitación de Emma, la niña que con su inocencia parecía capaz de iluminar hasta el rincón más oscuro de la mansión. Cerró la puerta tras de sí con cuidado, como si quisiera proteger ese pequeño refugio del mundo exterior.
Ana se detuvo frente al espejo del tocador, sus ojos fijos en su propio reflejo. Allí estaba, con la piel ligeramente pálida, las ojeras apenas visibles pero presentes, y esa expresión en