El amanecer se filtró tímido por los ventanales del dormitorio de Maximiliano, dorando los bordes del dosel y tiñendo de ámbar las sábanas arrugadas. La luz, casi cómplice, se colaba entre los pliegues de las cortinas como si dudara si debía entrar. Una brisa leve movía apenas las hojas del olivo que se alzaba justo frente al balcón, y el canto de un ave solitaria rompía el silencio espeso de la mañana.
Maximiliano abrió los ojos lentamente, sintiendo el leve golpeteo del dolor en sus sienes. S