No había esa electricidad que le sacudía el pecho. No estaba el temblor en sus dedos. No sintió el vértigo, ni las ganas de perderse en ella. Solo estaban sus labios, y el peso de la costumbre.
Cuando Mariela intentó profundizar el beso, él la tomó de los brazos y se separó.
—Basta.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, desconcertada.
Maximiliano se pasó una mano por el rostro, frustrado.
—No es un buen momento, Mariela. Estoy agotado y necesito concentrarme en el trabajo. Tenemos reuniones importantes h