Maximiliano estaba allí, de pie, apoyado contra el marco como si fuera lo único que lo mantenía en equilibrio. La luz del pasillo trazaba un halo sobre su silueta alta, y su camisa blanca, arrugada, colgaba abierta por el cuello. El saco no estaba, y los botones superiores habían desaparecido en algún momento de la noche.
Ana entrecerró los ojos. Había algo extraño en su postura.
—¿Se encuentra bien, señor Santillana? —preguntó, saliendo del cuarto y cerrando la puerta con suavidad tras ella.
É