La luz acariciaba las superficies de madera con un brillo cálido, como si el tiempo se hubiese detenido en ese rincón del mundo. Ana Lucía rodeaba con ambas manos su taza de café, aún caliente, mientras sus ojos seguían el vaivén de Emma en los columpios del jardín. El sonido metálico de las cadenas y las risas de la niña llenaban el aire, entremezclándose con el aroma tenue a café tostado y canela que flotaba desde la barra.
Maximiliano la observaba desde el otro extremo de la mesa, sus manos