El reloj sobre la pared de caoba marcaba las doce con precisión suiza. La luz del mediodía se colaba por los ventanales altos del despacho de Maximiliano, proyectando rectángulos de luz sobre el escritorio pulido. El murmullo lejano de la ciudad, mezclado con el suave zumbido del aire acondicionado, creaba un telón que lo aislaba en su burbuja de concentración. Frente a él, una pantalla plena de cifras y reportes financieros. Pero a pesar del trabajo, su mente vagaba hacia Emma. Era su hora exa