Capitulo 165

El tercer día amaneció sin colores. El hospital parecía un mundo suspendido entre el sueño y la vigilia, donde las horas no se medían por relojes, sino por el pitido acompasado de los monitores y el goteo monótono de los sueros. Afuera, la ciudad se agitaba con su rutina; adentro, en la habitación 307, el tiempo parecía haberse detenido.

El aire tenía ese olor penetrante y frío del desinfectante, mezclado con el tenue perfume metálico de las máquinas. Los tubos, las mangueras y las bolsas trans
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