El cuarto día amaneció distinto. No era que el sol brillara más fuerte ni que el aire del hospital hubiera cambiado de aroma, sino que en el corazón de Francisco se había sembrado una inquietud que no lo dejaba respirar. Había pasado la noche entera dando vueltas en su propio departamento, con el teléfono en la mano, temblando entre el deber y el miedo. Sabía demasiado. Había visto demasiado. Y, sobre todo, había callado demasiado tiempo.
La conciencia le quemaba como un hierro candente. El rec