La tarde se había vuelto espesa, cargada de nubes que parecían aplastarse contra los techos de la ciudad. La mansión Santillana, altiva y silenciosa, se erguía en la colina como un animal herido que se negaba a mostrar debilidad. Tras los ventanales altos, las cortinas pesadas permanecían cerradas, ocultando un interior en penumbras donde el tiempo parecía haberse detenido.
Francisco llegó en auto. El motor se apagó con un último suspiro, y el hombre permaneció un instante dentro, con las manos