La lluvia había amainado al caer la noche, pero las calles seguían húmedas, brillando bajo la luz amarillenta de los faroles. El motor del auto de Maximiliano rugía grave mientras ascendía por el camino empedrado que conducía a la mansión. Los neumáticos dejaban un rastro de agua sucia y hojas mojadas, y cada crujido bajo las ruedas parecía subrayar la tensión que lo consumía por dentro.
La mansión se alzó frente a él, majestuosa y solemne, con los ventanales encendidos como ojos que lo observa