La mañana amaneció húmeda, con un cielo encapotado que parecía presagiar tormenta. El viento agitaba las ramas del jardín de la mansión, y el canto de los pájaros sonaba apagado, como si incluso la naturaleza guardara silencio ante la tensión que reinaba en la casa.
Maximiliano desayunó con prisas. Tenía el ceño fruncido, revisando documentos que apenas leían sus ojos cansados. El aroma del café llenaba el comedor, pero apenas lo probó. Emma estaba sentada frente a él, con el cabello aún algo d