La ciudad amanecía envuelta en un velo gris. Una neblina ligera se aferraba a los edificios altos, y el frío húmedo calaba hasta los huesos. El aire olía a tierra mojada y a combustible, un contraste que siempre le resultaba extraño a Ana Lucía.
En el apartamento, el reloj de pared marcaba las ocho y veintidós de la mañana, pero ella no tenía prisa. Sentada en la pequeña mesa junto a la ventana, removía lentamente una taza de té de manzanilla. El vapor ascendía en espirales perezosas, disipándo