Capitulo 136

La ciudad amanecía envuelta en un velo gris. Una neblina ligera se aferraba a los edificios altos, y el frío húmedo calaba hasta los huesos. El aire olía a tierra mojada y a combustible, un contraste que siempre le resultaba extraño a Ana Lucía.

En el apartamento, el reloj de pared marcaba las ocho y veintidós de la mañana, pero ella no tenía prisa. Sentada en la pequeña mesa junto a la ventana, removía lentamente una taza de té de manzanilla. El vapor ascendía en espirales perezosas, disipándose antes de alcanzar la altura de sus pestañas. No tenía hambre, y el simple aroma del pan tostado que había preparado le revolvía el estómago.

El teléfono, en silencio sobre la mesa, mostraba la última conversación con Maximiliano. Tres días sin verlo. Tres días desde aquella noche en la que se habían abrazado y él había prometido que estaría ocupado. Cumplía su palabra, al menos en lo de estar ausente.

Sabía que estaba absorbido por la empresa; lo intuía por los mensajes cortos, sin fotos, sin
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