El reloj de pared del apartamento marcaba las cuatro y treinta y siete de la tarde, el segundero avanzando con un tic-tac que parecía más lento de lo normal, como si también supiera que algo importante estaba a punto de suceder. Afuera, el cielo se había vestido de un gris espeso, casi metálico, y el aire cargado de humedad anunciaba que la lluvia no tardaría en caer. El viento golpeaba las ventanas en pequeñas ráfagas frías, haciendo que los cristales vibraran con un sonido leve pero constante