El silencio en el pasillo fue breve. Ana Lucía apenas había girado la esquina rumbo a donde están su pequeña Emma, cuando la voz severa de el ama de llaves la detuvo en seco.
—¡Señorita Ana Lucía!
Ana se volteó despacio. El ceño fruncido de la señora era como un muro de autoridad ancestral. Sus manos estaban cruzadas sobre el traje perfectamente almidonado, y la mirada fulminante no admitía evasivas.
—Necesito una explicación inmediata. ¿Cómo se atrevió a entrar sin permiso al despacho del seño