El cielo apenas comenzaba a teñirse de tonos malva y coral cuando Ana Lucía descendió en silencio por las escaleras de la mansión. Llevaba un suéter beige encima del pijama, el cabello recogido en una trenza suelta, y en sus manos un pequeño bolso de cuero con documentos médicos, un frasco de medicamentos y un libro.
Le habían informado por la madrugada, de la intervención de su abuela por una fiebre repentina, y aunque le decían que estaba bien, ella no podía estar tranquila.
El aire matinal t